El otro día, estaba en la fila del supermercado y observé que la cajera era lenta y se ponía a charlar con la gente. Enseguida, nos pusimos nerviosos y nos empezamos a mirar entre nosotros con caras de sorprendidos y enojados por su actitud. Algo que en una ciudad pequeña podría ser normal, en una gran urbe como Buenos Aires es inconcebible. ¡Queremos todo rápido! ¡Cómo se atreve!
Vivimos corriendo y lo hemos normalizado. Nos irrita esperar. Si un sitio tarda más de tres segundos en abrir, lo cerramos antes (estudiado por Google). Esta locura a la que nos han acostumbrado hace estragos en nuestra vida. Ese es el ritmo de la mente, no del cuerpo. Ella planea cinco cosas y repasa cómo hacerlas en tres minutos; al él, le lleva seis horas. A la mente, le interesan muchas asuntos y quisiera comenzarlos a todos; el cuerpo lo lograría en cuatro años. La mente hace listas de quince actividades para el día; el cuerpo solo puede realizar siete, el resto es la carga que arrastra, inexorablemente creciendo a cada momento.
No es de extrañar el aumento del estrés, las alergias, los accidentes, las enfermedades… Nos exigimos cosas irrealizables y después nos culpamos. Nos maltratamos humillándonos e insultándonos porque no estamos a la altura de las idealizaciones ridículas a las que nos sometemos, en nombre de un modelo impuesto que nadie logra. Hasta esos arquetipos admirados, los artistas, terminan confesando que lo han conseguido a fuerza de drogas y enajenación y que están enfermos, tanto física como mentalmente.
Aun en los círculos de desarrollo personal, se insta a que salgamos a iniciar lo que deseamos, a ser emprendedores, a movernos rápido por nuestros sueños, a ser “todo”: la entronización del “ego espiritualizado”. Lo que esta sociedad no vislumbra en ese afán ilusorio es que somos mayormente Yin, con un toque Yang. Si observamos la Naturaleza, ella se impulsa en procesos que se desplazan a un ritmo que no cambia, que es intrínseco a su devenir, que respeta los tiempos ineludibles, que contempla las necesidades de todos.

En la humanidad, solo un 9% de la población tiene diseños de acción y aun ellos deben aguardar a ciertas premisas. El resto tiene diseños de espera y debe estar expectante a que la Vida le traiga en tiempo y forma lo que es para ellos o la invitación a intervenir. Esto no quiere decir sentarse pasivamente a que las cosas le caigan, lo que seguramente pensaron los más activos, en la dualidad inherente en que vivimos: todo o nada, acción o inacción. Esos son extremos, debemos aprender el equilibrio inestable y, mejor, la opción superadora: ¿para qué sirve la espera?
La actividad tapa los vacíos del ego, la impulsividad renueva las actitudes establecidas, la reactividad no deja lugar para lo nuevo. Huimos hacia adelante, arrastrando lo viejo, sin tiempo para averiguar lo que nos daña, limita o condiciona, para sanarlo. Nos repetimos, en un paisaje distinto. El bucle no deja de reproducirse. Así nos quieren: autómatas “felices” en su prisión confortable.
La Energía entrante (potente y luminosa) tiene un ritmo lento, suave, paciente, contemplativo. Solo podemos contactar con ella si nos damos el espacio, si frenamos la marcha forzada. Aunque nos cueste desacelerar y todavía sigamos corriendo, podemos observar desde la conciencia lo que sentimos y lo que ocurre. Es crucial aprender a detener las dudas, planes y ansiedades de la mente, guiándola hacia lo que nos sirve. El cuerpo mismo, preso de las prisas y los nerviosismos aprendidos, debe encontrar su ritmo propio.
Este año será dificultoso, porque tanto la mente como el cuerpo tienden a estas premuras, a las “lógicas” que no contemplan la paradoja esencial. Por eso, esta advertencia es necesaria. No caigamos en ellas y respiremos, cortemos los excesos, distingamos qué verdaderamente deseamos, usemos la conciencia, dejémonos guiar por nuestro Ser para ser y actuar desde la esencia. Te acompaño.




