No le/te pidas peras al olmo.

Nos pedimos peras enormes cuando somos dadores de preciosas naranjas

 

Ayer, comenté que no le pidamos peras al olmo.  Tan fácil como resulta decirlo, es tan difícil de hacer.  Sacar las idealizaciones, expectativas y necesidades del cuadro es duro, porque siempre estamos proyectando algo en los demás y creemos que el otro DEBE cubrirlo.  Parte del problema es que vemos la vida desde nuestra óptica y nos cuesta hacerlo desde la de los demás.  El otro está equivocado, es tonto,  malo, insuficiente, inadecuado, lo que sea, solamente porque tiene un diseño distinto y acciona desde él.  Para usar otro refrán, no nos sale ponernos en los zapatos del otro.

 

Así como vivimos peleando con cualquiera para que sea como queremos que sea (para nuestro beneficio y tranquilidad), también lo hacemos con nosotros.  En ese prototipo de lo que debemos ser, nos pedimos peras enormes cuando somos dadores de preciosas naranjas.   Comencemos por aceptar que el otro es otro, no una extensión deseada de nosotros, y valoremos lo que somos y hacemos, en lugar de maltratarnos por idealizaciones absurdas.

 

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