“¿Por qué tengo que hacerlo yo!!?”, me decía una paciente cada vez que se peleaba con su novio o que tenía una diferencia con alguien y le pedía que perdonara o se abriera emocionalmente o conversara. Es una actitud común que tenemos todos… cuando vemos al otro como el “causante” de nuestros malestares.
Ya sabemos que el otro es el espejo en que observamos nuestros aprendizajes pero sirve de poco si no lo ponemos en práctica. Intelectualmente podemos entender muchas cosas, pero el ego siempre es victimizante; se ve como el centro del mundo y decodifica las reacciones como algo que provoca y/o que le están haciendo y que no puede evitar.
Es claramente una reminiscencia infantil: de niños, sentíamos que todo era nuestra “culpa” (los enojos de papá, la lejanía de mamá) y que no podíamos cambiar eso, a menos que tuviéramos algún comportamiento en el que creíamos resolverlo. Podría ser portarse bien, portarse mal, evadirse o algún otro. Con eso, obteníamos atención y volvíamos al círculo vicioso.
Las actitudes de nuestros padres raramente tenían que ver con nosotros, sino con sus problemas de adultos (dificultades en el trabajo, necesidad de soledad, estrés por demasiadas actividades, inmadurez, sus propias heridas infantiles, etc.), pero no comprendíamos esto. Algunos padres se descargaban en nosotros y esto lo hacía más real y culposo.
Llevamos este comportamiento a lo largo del tiempo (no conocemos otro) y lo reproducimos con cada relación: el otro NOS hace algo y convocamos nuestra solución mágica (ser buenos, malos, evasores, etc.). En algún momento nos hartamos y, como mi paciente, reclamamos y nos enojamos, pero generalmente volvemos a repetir la secuencia.

¿Cómo la cortamos? Comprendiendo que debemos aprender a manejar nuestra emocionalidad; que el otro siempre va a tocar ese punto crítico para que sepamos resolverlo verdaderamente; que somos seres frágiles, con Niños Internos lastimados, y que es necesario sanarlos; que portamos una Luz que puja por salir a través de esas heridas; que en la matriz familiar confluyen aprendizajes y karmas de generaciones; que somos protagonistas y no víctimas de lo que nos sucede.
Demandar que el otro se encargue es inútil, porque es nuestra vida y tenemos que hacernos responsables. Somos nosotros los que sufrimos, los que nos sentimos impotentes o inadecuados, los que cargamos con el peso de lo irresuelto. No lo hacemos por el otro sino porque nos permitimos el bienestar. Es como cuando perdonamos: no se trata tanto de liberar al otro sino de soltar nuestro propio odio, resentimiento y dolor, de poder ser libres.
Pararnos en el centro de nuestro mundo (no del mundo, como cuando éramos niños) nos permite tomar decisiones fundantes, que cambian el tono emocional, que nos abren posibilidades, que rompen con la inercia tóxica, que transforman relaciones. Y comienza dentro de nosotros, no queriendo forzar el afuera o haciendo correcciones superficiales.
Nos tomamos la labor sagrada de conocer nuestro diseño único, aceptarnos y querernos lo suficiente como para no albergar pensamientos y emociones tóxicas hacia nosotros mismos y los demás. Por eso tenemos que hacerlo nosotros, porque nos amamos. Tan simple y tan difícil. Perseveremos.




