Alrededor de mis veinte años, comenzó la era del marketing de La Felicidad. Venía de Estados Unidos mayormente y podía resumirse en la imagen de una pareja (altos, delgados, atléticos, bellos, vestidos de marcas caras, sonrientes, muy sonrientes) que lo tenían todo: eran trabajólicos y ganaban muchísimo, realizaban cursos de cualquier cosa interesante, hacían gimnasia y/o corrían, comían sano (aunque se daban sus gustos costosos), iban a lugares exclusivos y de vacaciones a sitios exóticos, tenían el futuro asegurado y el presente disfrutado. Eran el epítome de la sociedad occidental: en crecimiento continuo.
Luego, vinieron unas cuantas caídas estrepitosas de la economía y muchos perdieron todo pero el ideal siguió vigente. Al principio, me enganché fervorosamente: yo quería ser como ella. La estupidez me duró poco; por un lado, no tengo la energía para aguantarlo y, por otro, pronto me di cuenta de que ese modelo era del ego. Por lo tanto, servía para cubrir sus carencias y limitaciones, explotándolas para el bien de otros, pero sin dar nada a cambio verdaderamente.
Ese prototipo está en duda hoy, porque el capitalismo vive un punto de inflexión y conflicto, ya que ese crecimiento no es posible sin destruir sus mismas bases. Pero, ¿qué nos pasa a nosotros, dentro de ese paradigma? Estemos “dormidos” y llevados de la nariz por los modelos sociales o “despiertos” y llevados de la nariz por el ego espiritualizado, la verdad es que seguimos tratando de ser positivos; ocultar lo negativo; estar ocupados constantemente, consiguiendo lo que hay que tener; encubrir la depresión, la rabia, el cansancio, la frustración; ser voluntariosos, proactivos y productivos; no caer en la oscuridad.

Y, sin embargo, justamente, “caer” en ella es lo que nos dará tranquilidad y propósito. El ego vive en las nubes, en la mente, allá arriba, colgado de la nada. Caer y aterrizar en el suelo, en la realidad de la Madre Tierra, arraigándonos y descansando en ella, nos permitirá encontrarnos con nuestra autenticidad. Dejando de idealizar un modo de ser y actuar; liberando la necesidad de una vida perfecta; soltando los “debería” ser, tener, hacer; mandando todo al carajo, es como podremos finalmente respirar y centrarnos.
Al contrario de los cuentos de colores de estos tiempos, en donde Despertar es sinónimo de una existencia fácil, llena de magia y amor, no nos espera nada de eso al principio. Porque debemos despertar a muchas cosas: a la desilusión de esos modelos falsos; a las negatividades que albergamos y encubrimos; a las luchas con los otros y el mundo; a las proyecciones; a cerrar círculos de esta y otras vidas; a perdonar y perdonarnos; a reconocernos así como somos.
Pero, ¡por Dios, qué paz!! La respiración se expande, el cuerpo se tranquiliza y se sana, la Naturaleza nos sostiene y nutre, los contactos álmicos aparecen, la sincronicidad surge, las conexiones con el Ser nos guían. Comenzamos a vivir realmente. Pero necesitamos dejar de engañarnos y ocultarnos: somos luz y oscuridad, magia y desastre, misterio y cotidianeidad, cuerpo y alma, tierra y cielo, todo nos contiene, nos alimenta, nos afirma, nos constituye. Ser nosotros mismos es cumplir lo que vinimos a ser. Soltemos cualquier modelo y atrevámonos a ser fieles a nuestro diseño divinamente humano.




