Soy una persona muy adaptable; a los remedios, por ejemplo: luego de un tiempo dejan de hacerme efecto. La primera vez que me di cuenta de esto fue haciendo terapia, en mis veintes. La psicóloga me envió a un psiquiatra porque yo vivía con una ansiedad y una angustia enormes. Me dio algo liviano, pero a las tres semanas ya me había acostumbrado. Además de que no me gustaba cómo me hacía sentir, entendí que iba a terminar con psicotrópicos fuertes y no quería eso para mí.
Entonces, decidí soportarlo. A medida que iban saliendo traumas anteriores y que mi vida se complicaba en el presente, las emociones escalaban a niveles intolerables, pero persistí usando la respiración, descargando, escribiendo, haciendo expresión corporal, transformándome internamente. Utilizaba lo que sea que me sirviera y que me centrara en lo que quería ser y hacer. Con el tiempo, fui encontrando equilibrio (que siempre es inestable y móvil) y usando los recursos propios que fui aprendiendo.
La sociedad ha incrementado sus niveles desde ese momento. Por un lado, es más compleja y estresante, más llena de estímulos y señuelos consumistas, que hacen que todos trabajen incesantemente para conseguirlos. Por otro lado, Dios ha muerto, así que el Ego ha ocupado su lugar, lo que implica que los incentivos morales y la restricción que antes existían (esperando el Paraíso) ahora están reemplazados por el vacío, la dualidad, el deseo perenne y la insatisfacción egoica, que busca llenarse y ser alguien a través de metas falsas.
Este estado de malestar continuo se percibe en los altos niveles de pastillas, drogas, alcohol, adicciones y consumismo que remontan continuamente. Ya no toleramos nada, “debemos” estar bien y exitosos siempre, así que se hace necesario bajar la ansiedad crónica con cualquier cosa. Hasta las emociones terminan siendo un síntoma a evitar, algo que algunos decodifican como una enfermedad en lugar de un estado normal y necesario.

“¿Por qué solo se me ocurren cosas malas, por qué no puedo conectarme con algo positivo y que me dé placer y alegría?”, me preguntó una paciente nueva. Con una infancia y una adolescencia difíciles, la enorme inercia de pensamientos, emociones y actos negativos que arrastra requiere un trabajo continuo y diario para encontrar esos lugares sanos y creativos que también están en ella.
Por otro lado, no nos enseñan a poner atención y reforzar actitudes y hábitos saludables, que nos ayuden a desplegar lo que somos (respirar, caminar, descansar, meditar, rezar, reír, bailar, ver lo positivo, hacer una lista de lo bueno que somos y hacemos, aliarnos a personas amables, tener proyectos, creer en nosotros, conversar con amigos íntimos, hacer terapia, etc.). Vivimos obsesionados por las exigencias y el perfeccionismo, lo que hace que temamos equivocarnos. De esta forma, no nos arriesgamos a explorar nuevos desafíos y nos quedamos en la comodidad conocida, que nos ahoga la individualidad.
Comenzar por pequeños retos que nos cuesten va cimentando la seguridad que necesitamos. No es necesario que nos salgan perfectos (ni siquiera bien); lo importante es salir del círculo vicioso y crear otros caminos que nos lleven a mejores espacios, tanto internos como externos. Solo intentar y aprender de los errores que seguramente haremos es lo que sirve. Precisamos dar un paso tras otro, con las posibilidades que nuestra alma nos irá procurando día a día.
Todos somos creativos. Es crucial comprender esto. Y no me refiero a pintar o danzar sino a crear una vida acorde con lo que somos originalmente: no somos malas copias del modelo social, ya traemos un diseño sagrado que es nuestra misión en el mundo. Respetándolo y usando las estrategias adecuadas, el Universo nos irá proveyendo de las oportunidades apropiadas para nosotros.
Aprendamos a gestionar las emociones, las crisis de crecimiento, el estrés. La fortaleza que logramos haciéndolo es inestimable y nos proporciona la confianza para encontrar el camino del alma, que está siempre disponible e iluminado.




