Siembra semillas luminosas en tiempos oscuros.

Si todos pudiéramos lanzar  nuevas y preciosas semillas a la tierra, seguramente otros cosecharán sagrados frutos. 

 

Mientras analizábamos un tema con un joven paciente español, le conté algo que me pasó en 1983 y que, por alguna razón, me parecía un reflejo de estos tiempos.  Cuando terminó la dictadura militar, yo estaba haciendo terapia.  Durante un par de sesiones, le referí a mi psicóloga un estado difuso que sentía, que no podía captar y que me angustiaba.  Después de distintas hipótesis, llegamos a la conclusión que tenía relación con el comienzo de la democracia.

 

Hasta ese momento, todo estaba claro: sabíamos qué podíamos hacer y qué no, qué libros leer y cuáles películas ver, qué personas eran aprobadas y cuáles eran peligrosas, los límites estaban bien restringidos.  Ahora, el mundo se abría de par en par, todo era posible, no había restricciones, podíamos elegir lo que queríamos.  Tan idílico como suena, también es temible.

 

Hay un gran comodidad en seguir los dictados del afuera, así como una seguridad que nos exime de la incertidumbre.  Este es un extremo (oscuro) de esta posibilidad; el otro es que los límites nos permiten crear dentro de un contexto, sin la extrema desazón de lo vasto e impredecible.  Como comenté otras veces, la vida en la Tierra es una experiencia de limitación, en la que podemos hacer lo que queramos dentro de ciertas condiciones; esto es liberador y empoderante si podemos percibirlo en su real significado (es lo que charlábamos con mi paciente).

 

No era la única que sentía esto en 1983.  Unos meses después, leí en un diario que el Colegio de Psicólogos había sacado un artículo reportando estas interacciones, este miedo a la libertad que nos producía el fin de un estado de terror y encierro.  Lo he recordado en estos días unas cuantas veces, supongo que porque me refleja lo que sucede con la pandemia.  También, nos sumen en el miedo y la privación para “cuidarnos” y preservarnos de peligros mayores.

 

 

¿A qué libertad le temeremos después?  Quizás, a la más riesgosa y abismal: la de conectarnos con nuestro Ser.  Hasta ahora, en cualquier país y tiempo, las dominaciones estatales han sido fuertemente personales y sociales; se han basado en circunscribir y cortar derechos egoicos, aun las espirituales (“si te portas bien en esta vida, si sufres y nos das tu pequeña existencia, tendrás el Cielo después”).

 

¿Podremos usar esta pandemia para comprender profundamente la inutilidad de lo que nos han vendido como el bien más preciado: una vida exterior y sin propósito más que el de nacer, comprar y morir?  Todo este tiempo de reclusión e interioridad, ¿dará lugar a una mayor conexión con la Madre Tierra y con nuestra espiritualidad?  ¿O será otra moda pasajera, llena de clichés y corrección progresista, sin sustento verdadero?

 

No me cabe duda de que estamos presenciando una transformación radical y que estamos atravesando una transición difícil y tensa.  La incertidumbre es nuestra aliada si la percibimos como un estado de confianza, abierta a lo que nuestro Ser nos guía y sostiene.  Esta conexión es la base donde se nutre el cambio.  Los próximos años son fundamentales para afirmar una Conciencia que ancle un mundo nuevo, luminoso y amoroso.

 

¿Será así?  Siempre, me sentí identificada con un cuento acerca de un “loco”, un viejo que sembraba continuamente; el emperador le preguntó porqué lo hacía si no vería los frutos.  El hombre le dijo: “Señor, otros sembraron y yo he comido; es tiempo de que yo siembre para que otros coman”.  Si todos pudiéramos lanzar  nuevas y preciosas semillas a la tierra, seguramente otros cosecharán sagrados frutos.  Te acompaño.

 

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