Desde que aprendí a leer, no paré de hacerlo intensivamente; cualquier cosa captaba mi interés y me resultaba atrayente; quería saber de todo, desgasté el diccionario, las enciclopedias, los libros, las revistas y, cuando surgió Internet, fue peor. No había límites para mi voracidad. Con los años, el disco rígido comenzó a llenarse y ya no puedo mantener la atención mucho tiempo en nada, pero en el intermedio sucedió algo muy importante: aprendí.
Esa voracidad tiene relación con la enorme presión por saber, entender y hallar sentido de un Centro de la Cabeza totalmente abierto y de un Centro del Ajna que busca la originalidad de un enfoque propio que expresar. En el medio de este frenesí, comprendí que no se trataba de llenarme de información sino de encontrar MI visión personal.
Observo este comportamiento adictivo en muchas personas (porque la mayoría tenemos el Centro de la Cabeza Sin Definir), pero se quedan dando vueltas en la búsqueda insaciable de novedades, sin llegar nunca a tener una mirada particular, lo que conduce a la frustración de no poder hallar todas las respuestas, de correr detrás de las zanahorias que aparecen continuamente.
Resulta que siempre habrá una cantidad enorme de información (sobre todo en estos tiempos) que no podremos procesar, siempre brotarán nuevas teorías, siempre tendremos que vérnosla con las dudas, inseguridades y confusiones que nos atraviesan, porque de eso se trata finalmente: si bien esta es una presión mental por encontrar respuesta a las grandes preguntas (¿quién soy, de dónde vengo, adónde voy, para qué estoy?), ellas no vienen de la mente sino del Ser.

Por más que leamos, hagamos cursos, devoremos videos, viajemos por el mundo, la respuesta está en nuestro corazón. Aunque toda esta agitación nos ayuda a abrir nuestra mente para incorporar puntos de vista distintos, no constituye la solución. Ella está en conocernos, profundizar en nuestro interior, contactar con la Esencia, encontrar nuestra propia respuesta existencial y valorarla.
Si nos quedamos en el lugar de Aprendices eternos, llenándonos de información no procesada, creyendo que no somos suficientes, adecuados, profundos, sabios, estamos desperdiciando nuestro potencial. Todos tenemos algo que aportar. Todos somos Maestros en algo para alguien. Y no me refiero a grandes logros, sino a las relaciones que sostenemos en lo cotidiano.
Que estemos abiertos a aprender a lo largo de la vida no significa que no sepamos ya muchas cosas y que las podamos compartir, que seamos capaces de inspirar y potenciar, que apoyemos el crecimiento de otros. Aprender no es saber mucho sino saber lo que tiene relación con nuestro diseño y propósito. Es comprender que estar abiertos al Campo, a Todo Lo Que Es, a la Guía, con una actitud abierta y humilde, trae todas las respuestas que necesitamos para nosotros y para otros.
La mente es voraz porque procede del ego, que es incompleto, carente e inseguro, y cree que puede solucionar eso con diversos mecanismos, entre ellos la omnisciencia. Es falso. Debemos ponerle límites, enmarcarla, darle contenido y enfoque, reeducarla para que sirva al Ser. Entonces, el conocimiento será el del alma, esencial, luminoso, amoroso, y servirá a todos.




