
Una paciente se quejaba continuamente con su pareja de distintas cosas pero, después de enojarse y decirle que no iba a hacer algo, volvía a hacerlo y así estaban en un círculo vicioso continuo de reproches y tensión. Me decía: “Yo pongo los límites pero él no me hace caso”. Le contesté: “No, los pones pero no los sostienes”. Se sonrío porque sabe que es cierto.
Los límites iniciales siempre serán cuestionados y probados. Nadie hará caso (los chicos son expertos en eso) porque todos quieren continuar con el status quo y los privilegios que tienen. Incluso quien los pone no está seguro y eso se nota, por lo que el otro empuja hasta que los derriba.
No sirve querer detener algo si no estamos convencidos internamente. El gran error es hacerlo afuera una y otra vez, porque eso lleva a un desgaste insoportable para todos. Los demás “leen” la inseguridad, los temores, la vacilación, la irresolución y no lo creen. El convencimiento es un largo proceso interior, en el que vamos encontrando nuestra decisión, autenticidad, certeza, verdad, confianza. Cuando lo logremos mayormente (no hay un 100% de nada), lo podremos AFIRMAR en la actitud, la mirada, la voz, la energía y los otros sabrán que esta vez es distinto y cierto.
Hablo de afirmar porque nunca se trata de los extremos: aceptar cualquier cosa o pelear por todo; ni siquiera el conocido: “yo hago lo que se me da la gana y, si no les gusta, que se aguanten;”, lo que atrae rechazo y oposición. Afirmarnos significa saber quiénes somos y qué queremos y que lo podamos decir con seguridad y confianza. Nada más… y nada menos…




