Dejemos de admirar el sufrimiento (cayendo al fondo del pozo) como motor del cambio.

 

En este paradigma de lucha y esfuerzo tan apreciado por muchos, el sufrir para aprender está romantizado y, peor, admirado.  “¡Qué extraordinario todas las cosas que sufrió y siguió adelante!” podría ser un buen epitafio para unos cuantos, ya que, justamente, van perdiendo vida para mantener tan loable propósito.

 

Cuando era joven y arriesgada, caí al fondo del pozo varias veces; tenía que ser dramático y doloroso o parecía que no tenía mérito.  En un  momento que estaba en la mitad del pozo, me di cuenta de esa “estrategia” y pensé: “¿Por qué hago esto?, ¿qué necesidad hay de seguir en este desbarranque si estoy tomando conciencia de lo que debo cambiar?”.  Entonces, detuve la caída e hice las transformaciones necesarias.  Y, lo más importante, dejé de asumir esa forma de aprendizaje como forzosa: podía usar la conciencia como guía.

 

Si estaba atenta, era posible captar las señales de que alguna etapa terminaba y de que era preciso un nuevo comienzo, con más crecimiento y otro aprendizaje.  Si no estaba segura de que fuese así, había un indicador inequívoco: el miedo.  Él es el gran guardián de la puerta de la evolución y, si está presente, muestra el rumbo.  Al elaborarlo e ir siguiendo los indicios que van apareciendo, el camino va surgiendo paso a paso.

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