Todo es un proceso que fluye (no lo niegues ni lo apures)

Cualquier proceso (sin importar el objetivo) tiene como meta el aprendizaje.  Siempre.  Quizás, no logremos lo que nos propusimos pero en el camino hicimos amigos, comprendimos algo de nosotros, superamos un miedo, ayudamos a alguien, nos hicimos más compasivos y cordiales, cerramos una herida, movilizamos un potencial. 

 

Cuando era joven (y tremendamente ansiosa), no podía soportar la incertidumbre ni los tiempos largos que demandaban ciertas cosas, así que las terminaba antes o provocaba que pasaran.  Después de precipitar una serie de acontecimientos que me explotaron en la cara, me di cuenta de que debía aprender algo que detestaba: esperar con paciencia.

 

Es difícil hacerlo en una sociedad que no respeta eso; por el contrario, insta continuamente a la velocidad, a iniciar cuando todavía no es el momento, a realizar muchas cosas al mismo tiempo, a despreciar a los lentos, a la adrenalina física y emocional, a las “experiencias” (antes era al consumo puro y duro, ahora se sofisticó).  Tanto no honramos las esperas que obligamos a los bebés a nacer antes, porque es fin de semana o para qué perder el tiempo en sufrimientos inútiles.

 

Queremos todo ya.  Por eso, cuando deseamos comenzar algo, nos rendimos enseguida, ante la mera idea o los primeros problemas.  La terapia es una de las cosas en donde más se nota eso: “acumulé tantos problemas y malas actitudes que me va a llevar demasiado tiempo y esfuerzo cambiarlo”.  Solo algunos la ven como un proceso interno que se va desplegando poco a poco, logrando progresos sólidos y satisfactorios en cada etapa, que invitan a más evolución, a más plenitud.  Desean la transformación en un par de meses, sin casi hacer nada y, como eso es imposible, mejor siguen sufriendo por el resto de sus vidas.

 

 

Uno de los inconvenientes es que la sociedad castiga el fracaso, lo cual demuestra  la estupidez en la que estamos inmersos.  Cualquier aprendizaje implica “prueba y error”, no hay otra forma de hacerlo; pero parece que tenemos que saber de entrada y no equivocarnos nunca: ¿a qué mente maquiavélica se le ocurrió esta forma de manipulación masiva?  Debemos ser perfectos.  Dice el ego…

 

Cualquier proceso (sin importar el objetivo) tiene como meta el aprendizaje.  Siempre.  Quizás, no logremos lo que nos propusimos pero en el camino hicimos amigos, comprendimos algo de nosotros, superamos un miedo, ayudamos a alguien, nos hicimos más compasivos y cordiales, cerramos una herida, movilizamos un potencial.

 

Esta forma inhumana de plantearnos objetivos, llenos de cifras y tiempos acotados, conspira contra lo que es la Vida misma: procesos que se van cumpliendo cíclicamente, con un comienzo, un desarrollo y un final, en una espiral evolutiva que nos acerca a lo mejor de nosotros.  Si no respetamos esos tiempos con humildad y curiosidad, volveremos a pasar por las experiencias una y otra vez hasta que lo hagamos: lo que nos “ahorramos” con las prisas y exigencias, se tornará en espirales hacia abajo cada vez más lentas y dolorosas.

 

Un hombre que buscaba la Iluminación llega a un Maestro considerado el mejor de todos.  Ante su presencia, le pregunta cuánto le llevará el proceso: “Diez años”, le contesta.  “¡Qué! Es mucho tiempo”.  “Veinte”, le replica.  “¡Está loco!  Se está burlando de mí”, responde enojado el discípulo.  “Treinta”, dice impasible el Maestro.  Cuantas más resistencias y apuros, más cuesta.  Todo camino comienza con un paso.  Perseverar en los siguientes es cuestión de aprender a amarnos tanto que ya no importe el tiempo.

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