Se supone que tenemos libre albedrío. ¿Es así? Si hubiera nacido en China, mis elecciones sobre comida, trabajo o entretenimiento serían muy distintas a las que tengo ahora, porque estamos supeditados por la cultura en la que vivimos. Damos por sentado lo que somos y lo que hay, sin darnos cuenta de que depende de nuestro entorno, entre muchos factores.
Si bien estamos en sociedades globalizadas, en las que somos homogeneizados por una cultura dominante, los ambientes locales nos influyen más que nada: la familia, la ciudad, los pequeños ritos conocidos. El diseño único que traemos más esos contextos son los condicionantes bajo los cuales decidimos nuestra vida. Pensarnos totalmente libres es una falacia que nos hace creer que podemos cualquier cosa.
Entonces, ¿estamos completamente restringidos? No. La paradoja es la verdad: podemos todo… dentro de lo que somos. Traemos un perfil y un destino determinados y esos son las cartas con las que jugamos. El problema es que no nos preocupamos por conocerlos y concretarlos porque siempre estamos peleándonos con ellos y tratando de ser otros.
Hace tiempo, estaba con una paciente que se quejaba de cada cosa que era y tenía, despreciándolas, mientras ensalzaba los dones y posibilidades de los demás. Le pedí que fuera a un rincón de la habitación, se parara mirando hacia un costado y me describiera lo que veía y qué podía hacer con eso. Como lo único que miraba era un helecho y un equipo de audio, me dijo: “Cuidar la planta y escuchar música”. Luego, le pedí que se diera vuelta e hiciera lo mismo; ahora veía todo el consultorio y la ciudad a través del ventanal. Se rió, porque se dio cuenta de que su perspectiva era lo que la limitaba.

Esto no significa que tengamos que correr el día entero siendo “todo”: una exigencia del ego, producto de su propia vacuidad e insatisfacción. No se trata de cantidad sino de calidad, de variedad sino de profundidad, de reconocimiento externo sino de conexión interna, de excitación impulsiva sino de propósito, de presión de los demás sino de ser uno mismo.
¿Tomamos conciencia de que ese diseño original es lo que hemos decidido contribuir al mundo como ser diferenciado y consciente y, a la vez, forma parte evolutiva de la totalidad en que participamos? ¿Cómo sería esto posible si no conocemos, apreciamos y desarrollamos lo que somos, hacemos y tenemos? Cuando nos paramos en el centro de nuestro propio mundo (no del mundo), tenemos un punto de vista único y personal que enriquece a todos y eleva la vibración planetaria.
Depreciar nuestro aporte calificándolo como inadecuado, insuficiente, malo, incorrecto y demás negatividades no ayuda a nadie. Cada uno de nosotros produce una mirada y una vivencia que es necesaria: tiene proporciones diferentes de femenino, masculino, humano, divino, pobre, rico, culto, sabio, abierto, cerrado, definido, sin definir, racional, emocional, energético, eficiente… ¡tan variable, exuberante, valioso, expansivo, fecundo… infinito como se nos ocurra!!
Y depende de cuánto ampliemos la contemplación para abarcar todo lo que nos es dado, posible y vivible dentro de la maravilla que ya somos. Tú decides si existes dentro de un minúsculo nivel en que te han/has puesto, en el sótano de tu casa, o exploras los múltiples aposentos de tu cuerpo/mente/encarnación/alma/ser-consciente/habitante de la Tierra-Universo/espíritu… sigue tú…




