Durante gran parte de mi vida, fui muy miedosa. Lo primero que sentía frente a cualquier persona o circunstancia era un temor agobiante. Mi forma de resolverlo era lanzarme intrépida y agresivamente hacia la situación, sin medir las consecuencias.
Comienzos complicados.
Mis primeros experimentos con este “mecanismo” sucedieron con mis padres, sobre todo con mi padre. Era violento e inestable emocionalmente, por lo que nunca sabía cuándo llegaría el grito o la paliza. Esto me hacía estar en alerta constante, lo que exacerbó el vivir con cortisol alto que ya traía.
Otra niña hubiera estado aterrorizada (y lo estaba) y se hubiera quedado siendo la “nena buena” para evitarlo, pero yo era rebelde y provocadora, por lo que todo terminaba en grandes escenas dramáticas, a las que me fui acostumbrando con el tiempo.
Al salir a trabajar, me fui dando cuenta de que yo era distinta y de que tenía este mecanismo impulsivo y colérico de reaccionar frente a desafíos nuevos. De hecho, un compañero me lo hizo notar amablemente y fue una gran revelación, porque para mí era “normal”.
Comprendí lo traumática que había sido mi niñez y de cuántas actitudes defensivas y ofensivas tenía, además de que sentía que me iba a volver loca en un mundo en el que yo no encajaba por muchas razones. Comencé terapia. Le debía eso a mi valiente Niña Interna.

Recursos útiles.
No recuerdo ahora cómo fui tratando este tema específico (pasaron décadas), pero el hecho de enfrentar la verdad de mi infancia y adolescencia, de conocerme, de perdonar a mis padres y perdonarme, de hacer las paces fue fundamental.
Esto llevó tiempo, obviamente, pero ese camino fue acompañado de otros recursos, como los corporales y espirituales, que me parecían tan importantes como él. Entendí que el cuerpo estaba “tomado” por sensaciones de miedo, ira, dolor, culpa, lo que me producía una gran desvalorización: “Yo era mala/inadecuada/rara”.
Tomar conciencia de estas sensaciones corporales fue esencial. En lugar de huir de ellas, como había hecho, las afronté. No eran los otros el problema ahora, era mi forma de reaccionar frente a las experiencias.
Sentir el miedo (o cualquier otra emoción), la respiración agitada o inhibida, la tensión, el corazón a mil, los pensamientos catastróficos y humillantes, y saber que podía hacer algo, que no tenía que quedarme congelada en ello, como si fuera una condena, fue una liberación.
Usar la respiración, sentir el cuerpo enraizado, hablarme con calma y convicción, soltar las sensaciones, darme el permiso de equivocarme hasta que lo lograra, felicitarme por cada pequeño paso, perdonarme constantemente, fueron haciendo la diferencia.

Autoestima y valor.
Así fui probando con todas las emociones, hasta que pude manejarlas. Las normalicé: no había unas buenas y otras malas, unas que deseaba y otras que odiaba, unas que buscaba y otras que negaba, huía, rechazaba. Todas tienen un propósito y es cuestión de escucharlas y soltarlas.
Ellas son mensajeras, de lo que sucede interna y externamente, de lo que pensamos, de cómo las procesamos en la infancia, de muchas cosas. Son pasajeras (a menos que la mente las retenga y las exagere con sus ideas). Nos impulsan o nos congelan. Y podemos con ellas.
Algo que percibí fue cómo cambió mi autoestima en ese proceso. Al enfrentar las situaciones, me di cuenta que tenía coraje, que sacaba a relucir mis potenciales, que tenía dones y cualidades, que me relacionaba desde otro lugar, que me valoraba, así como lo hacían los demás. Enfrenta tus emociones. Son la clave de tu bienestar.




