El gran tema a abordar: la muerte.

Está bueno poder hablarlo, sacarlo afuera, reflexionarlo, sentirlo, porque lo rechazamos continuamente y eso solo genera una presión enorme, que buscamos soltar haciendo, corriendo, escondiéndola bajo la brillante superficie de las cosas cotidianas.

 

En estos días, con mis pacientes, el tema de la muerte es omnipresente, ya sea inconsciente, metafórica o explícitamente.  Y está bueno poder hablarlo, sacarlo afuera, reflexionarlo, sentirlo, porque lo rechazamos continuamente y eso solo genera una presión enorme, que buscamos soltar haciendo, corriendo, escondiéndola bajo la brillante superficie de las cosas cotidianas.

 

Solo hay una seguridad en esta vida: moriremos.  Y no importa el dinero, el status, los estudios, la familia, la edad, el trabajo, nadie se librará de ella.  Tan claro como resulta leerlo es tan negado por todos.  Casi nunca pensamos en ella, salvo cuando le toca a alguien cercano y nos mueve las estructuras tan aparentemente sólidas.  Aun así, pocos toman ese regalo de los que se fueron y se replantean cómo viven y cómo amigarse con la muerte.

 

De eso se trata: en lugar de considerarla una enemiga contra quien luchar constantemente, puede ser una amiga que nos recuerda la importancia de nuestra existencia y de qué aportamos y qué recibimos, qué aprendemos y qué enseñamos, qué dejamos y qué tomamos.  La respiración, lo primero y lo último que hacemos, es una buena metáfora de esto y una gran delatora de cuan conectados a la vida estamos: ¿tomamos en la misma medida que damos?, ¿nos abrimos a lo que la Vida trae o nos cerramos, recelosos?, ¿abrimos ávidamente y soltamos con presión?, etc.

 

En algunos momentos, nos hemos quedado sin aire y jadeamos desesperadamente para conseguirlo… y lo logramos.  ¿Será siempre así?  No, tendremos una última respiración.  Huir atormentados de esta idea, como si pudiéramos salvarnos alguna vez, es una falacia, pero lo intentamos (¡y cómo!).  Cuando alguna situación nos acerca a la posibilidad, sería mejor utilizarla para poner nuestra vida en perspectiva, valorarla, rectificar, sanar, estar acompañados, abrirnos, aceptar, amar/nos.  Si seguimos, habremos aprendido una mejor forma de vivir. 

 

Tengo una posición en este asunto: morimos cuando debemos, no cuando queremos o pensamos.  Tenemos un tiempo en esta encarnación y eso lo decide nuestra Alma; puede ser nueve meses, nueve años o nueve décadas.  Cada uno tiene sus lecciones y, muchas veces, son para los que quedan, sobre todo si es poco tiempo.  Enormes transformaciones y grandes ayudas han nacido de personas que tomaron ese dolor y lo fecundaron con sus aprendizajes.

 

Vivimos muchísimas muertes a lo largo de nuestra existencia: cada día se acaba, las células se renuevan cada siete años,  muchas relaciones y trabajos terminan, algunos sueños se desvanecen sin hacerse realidad y algunas realidades solo fueron sueños.  Hemos atravesado tantos finales que ni los recordamos y constituyen buenas lecciones acerca de cómo tomar el Gran Final.

 

 

A los veinticuatro años, pasé unos largos meses procesando la muerte.  De la nada, tres posibilidades aparecieron y me dejaron sin aliento.  Estaba pendiente de lo frágil que era, de qué livianamente podía lastimarme, quedar impedida y/o morir.  Ese tema me rondó por el cuerpo y la mente.  Finalmente, llegué a alguna conclusión que me reconcilió con la muerte.  Ayer,  recordé que tenía un diario y lo busqué.  Lo único que apareció fue una reflexión que hice a partir de la decisión de una pintora de elegir su muerte.  Escribí: “No le temo a la muerte. No significa nada para mí.  Es simplemente volver a tomar parte de un plan, una unidad, una energía universal.  En realidad, esa es mi idea de Dios.  Yo soy Dios, todos lo somos.  Formamos parte de una inmensa fuerza que marcha inexorablemente hacia adelante, constituida y alimentada por la vida de miles de años de experiencia.  Ahora soy una entidad (individual, poderosa) con la personalidad que me he construido en este tiempo y en este lugar.  Estoy aquí para seguir adelante con la vida.  Nada se detiene ni se destruye,  Todo fluye a otro tiempo y avanza sin detenerse”.

 

Otros aceptan la muerte, pero temen llegar a ella a través de una enfermedad invalidante, dolorosa o terrible.  Si ponemos atención a ello, posiblemente sucederá, porque lo estamos creando con nuestro miedo.  Para comenzar, tengamos una muerte que sea la conclusión natural de una vida plena, consciente y amorosa.  Hace mucho, creo que mi final será una elección, la terminación sencilla de una existencia que ya dio todo lo que podía y se prepara a continuar desde otra dimensión.

 

Esta noción de que entramos y salimos de la vida y la muerte, y que en cada una somos parte de una Energía Vital, me recordó el final de un cuento de Ray Bradbury que está en su libro “El vino del estío”.   En él, una bisabuela se despide de su familia y amigos y se apresta a entrar en su muerte (¿o en su vida?):

 

“Sola, la abuela se tendió cómodamente en la cálida playa de nieve de hilo y lana, de sábanas y mantas, y los colores de la colcha eran tan brillantes como los banderines de los viejos circos. Acostada allí, se sintió pequeña, secreta como esas mañanas de ochenta raros años atrás cuando, al despertarse, acomodaba los huesos tiernos en la cama.

Hace muchos años, pensó, tuve un sueño y disfrutaba de él realmente cuando alguien me despertó. Ese día nací. ¿Y ahora? Ahora, veamos… Lanzó su mente hacia atrás. ¿Dónde estaba? Noventa años… ¿Cómo tomar el hilo de aquel sueño perdido? Extendió una manita.

Allí… Sí, eso era. Sonrió. Volvió la cabeza sobre la almohada hundiéndose más en la cálida duna de nieve. Así era mejor. Ahora, sí, ahora veía cómo el sueño se formaba poco a poco en la mente, con la serenidad de un mar que se mueve a lo largo de una costa interminable y siempre fresca. Dejó ahora que el viejo sueño la rozara y la levantara de la nieve, y la hiciese flotar sobre la cama ya apenas recordada.

Abajo, pensó, están puliendo la plata y revolviendo el sótano, y barriendo los pasillos. Podía oírlos vivir en toda la casa.

— Está bien -suspiró la bisabuela mientras el sueño la llevaba flotando-. Como todo en esta vida, es lo adecuado.

Y el mar la llevó otra vez a lo largo de la costa.”

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