Enfócate.

En lo bueno.

Unas de las cosas que más me ha ayudado en momentos de crisis es saber dónde pongo el foco.

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Es común apuntarlo hacia lo malo, lo insuficiente, lo inadecuado, la carencia, lo inexistente, rodearnos de vínculos tóxicos y de entornos dañinos. La mente se concentra en eso y crea panoramas apocalípticos, con lo que terminamos convencidos de que no saldremos adelante.

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En lugar de eso, es importante hacer el esfuerzo de enfocarnos en las fortalezas, en los aprendizajes, en las cualidades y los dones, en las relaciones correctas, en los ambientes adecuados, en lo que deseamos ser, hacer y tener.

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En mi experiencia, nada cambia (al principio). Es decir, sigo siendo la misma y sigo estando en el mismo lugar. La diferencia es que me enfoco en lo que me ayuda y no en lo que me destruye, en que me enaltezco y no me disminuyo, en que me rodeo de lo que me apoya y no de lo que me hunde. Y esa diferencia es enorme. Prueba.

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