Eres Luz.

Vivimos en la prisa, lo cual conspira contra los tenues registros de un sonido, una fragancia, una caricia, un sabor. Sacamos fotos, filmamos, nos ubicamos fuera de nosotros, observamos pero no sentimos. Corremos, llenamos los días de actividad, somos productivos, pero no gozamos lo que hacemos. El placer sólo es percibido verdaderamente cuando “moramos” en él, cuando nos detenemos y nos permitimos sentir (usar los sentidos, la sensualidad, disfrutar). No tenemos tiempo.


Mente y Cuerpo.

Estamos vaciados de presencia. Ayer y mañana, no ahora. Allá y más allá, no aquí. Sólo podemos estar presentes en el cuerpo. La mente divaga, adelanta, planea, hace regresiones, está en cualquier lugar y período, se mueve a la velocidad de la luz. ¿Dónde estás? Como dicen los Upanishads: “lo que no puedes saber en tu cuerpo, no lo puedes saber en ningún otro sitio”.


Cuando me detengo y observo (sin engancharme) mi cuerpo, el espacio, los pensamientos, las sensaciones, los estímulos, el devenir… albergo un instante de silencio que capta lo eterno. Y lo eterno contiene todo, todo lo que espero y busco. Encuentro al inhalar la presencia etérea, frágil, fugaz, sublime de este segundo perenne.

Dios habla con paradojas, se dice. Lo instantáneo descubre lo eterno. Puedo percibir una solución en un momento. Puedo cerrar un ciclo de mi vida ya. Puedo sacar un potencial en una respiración. Lo invisible llama lo material. Puedo comenzar una vocación al visitar a alguien. Puedo imaginar una casa y disponer cómo hacerla casi inmediatamente. La intención encuentra los medios.


Como un relámpago, a veces percibo que mi vida es perfecta, completa, íntegra. Me disuelvo en la sensación y desaparezco/desaparece.  Es imposible este destello usando sólo la mente. Hemos puesto todas las fichas en lo racional. “Todo es mente” parece ser el lema de estos tiempos. Así, creemos que, controlándola, conseguiremos lo que deseamos. Es el último bastión del ego. Habiendo perdido tantas otras fuentes de poder, ahora privilegia la mente. Toma el pasado y lo proyecta al futuro, sin darse cuenta de que sólo repite lo irrepetible: la Vida es movimiento y transformación.


¿Y tu cuerpo? Un milagro dispuesto para la sensibilidad y el placer. ¿Y tu corazón? Una puerta a la unidad y el amor. ¿Y tu conexión divina? Un espíritu que te susurra los caminos, que encuentra en la intuición un canal, que sabe de plenitud.

Espíritu.

Hay una inteligencia sagrada a la que no estamos iniciados. La inteligencia mental, la de la lógica (medida por innumerables tests) es la que prima para casi todo. Olvidamos la inteligencia corporal, no sólo la que equilibra prodigiosamente los procesos físicos sino la que expresa los procesos psicológicos. Desde hace un tiempo, se comenzó a valorar la inteligencia emocional: una forma de interactuar con el mundo que tiene muy en cuenta los sentimientos y engloba habilidades tales como el control de los impulsos, la autoconciencia, la motivación, el entusiasmo, la perseverancia, la empatía, etc.

Ellas son propias de la encarnación y nos sirven en el sistema, pero hay una que las trasciende: la Inteligencia Sagrada. YA sabemos, es cuestión de liberar los velos que ocultan nuestro nexo interno. El Campo Universal (el Espíritu) está accesible a cualquiera que se vincule. No somos el ego ni las versiones espiritualizadas que nos siguen enganchando en los distintos niveles de la Matrix, somos Luz y eso se recuerda y se vive.


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