La reacción emocional: no somos racionales.

Saliendo del círculo vicioso.

Estaba en un café y escucho a dos amigas charlando.  Una de ellas está muy alterada, porque, sabiendo cuáles son los defectos de su pareja, igual se saca de sus casillas.  En un momento, dice: “Yo sé que él es así, en mi cabeza está claro, pero después no puedo manejarlo”.  ¡Bienvenida al mundo emocional!

El raciocinio débil.

Tenemos la fantasía, como humanidad, de que somos racionales.  El neocórtex, esa manta que recubre los lóbulos cerebrales, nos permite el pensamiento lógico y abstracto, la toma de decisiones, la planificación, el lenguaje, la conciencia y la regulación de las emociones.  ¿No es maravilloso? 

El tema es que es una adquisición reciente (en términos de evolución) y, como tal, necesitamos desarrollarla.  Digamos que está en proceso.  Eso hace que el cerebro reptiliano (el instinto) y el sistema límbico (las emociones) sean más fuertes todavía… y que saltemos a la menor provocación.

Podemos tratar un asunto desde un punto de vista racional (como se hace en terapia, por ejemplo), pero cualquier cosa que active los otros cerebros será más rápido en el momento.  Y el momento es la clave.

El mecanismo automático.

El cuerpo vive en el aquí y ahora, mientras la mente lo hace en el tiempo lineal (pasado, presente, futuro).  Una discusión puede disparar gatillos corporales intensos en un instante, los que la mente toma para traer algo del pasado o proyectarlo al futuro… y continuar por días…

Un ejemplo: alguien te dice algo que te enoja, reaccionas y le recuerdas lo que hizo unos días atrás, el otro hace lo mismo y eso se convierte en un debate que llega hasta la creación de Adán (pasando por las de los dos y las de ambos progenitores).  O quizás no digas nada por miedo, pero sigas discutiendo en tu cabeza sin parar.

Así funciona, lamentablemente.  Tanto el instinto como las emociones son reflejos instantáneos, que nos avisan de alguna circunstancia, son mensajeros.  El problema es que la mente los capta y los convierte en temas recurrentes e interminables, activando los otros cerebros constantemente.

La distancia sana.

Tenemos que observar y elaborar esos disparadores para que no nos sigan atormentando, pero también es necesario dejar de reaccionar, porque una cosa está enlazada con la otra.  No se trata solo de racionalizar, sino además de educar al cuerpo para que no entre en estados alterados sin cesar.

Una de las mejores formas es tomar distancia.  Lleva tiempo, pero es efectiva.  Comienza por ser conscientes (neocórtex) del mensaje que se disparó y no reaccionar.  Esto se logra respirando, sintiendo el cuerpo con sus sensaciones, pero sin oponernos ni rendirnos, solo descargarlo respirando, dejando una espacio entre el estímulo y la reacción.

Es aceptar lo que sentimos, pero no permitir que invada todo.  Al principio, nos daremos cuenta del mecanismo después de unos minutos (unas horas, unos días 😊).  Pero, a medida que lo vamos practicando, podremos manejar ese torbellino que nos pasa por arriba y reconducirlo hacia mejores acciones.

Pasamos de la impulsividad a la observación, de la reacción a la acción, de la automaticidad a la decisión, de la inconsciencia a la consciencia.  Esto es lo que nos convierte en humanos, finalmente; para eso está el neocórtex. 

Y, como premio, podemos disfrutar del verdadero propósito del instinto, la intuición y las emociones: sus mensajes instantáneos y veraces.  Cuando limpiamos el campo de las reacciones provocadas por los traumas, ellos nos comunican lo que sentimos, lo que nos conviene, lo que hay en el entorno como oportunidades.  Escuchemos.

En Diseño Humano, es el cuerpo la Autoridad Interna, la que decide cómo fluir, no la mente.  ¿Cuál es la tuya?  Haz tu Carta.

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