
Siempre, tuve la idea que hay que temer más a los estúpidos que a los malvados. En principio, por una razón simple: hay muchísimos más de los primeros que de los segundos.

La semana pasada, leí que un economista italiano, Carlos Cipolla, elaboró una teoría sobre la estupidez humana, que se basa en cinco leyes fundamentales:
1. Todos subestimamos el número de personas estúpidas que hay en el mundo.
2. La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de esa persona.
3. Una persona es estúpida si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener ella ganancia personal alguna, o, incluso peor, provocándose daño a sí misma en el proceso. Según Cipolla, es la ley de oro.
4. Las personas no estúpidas siempre subestiman el poder destructivo de las personas estúpidas.
5. Las personas estúpidas son las más peligrosas, porque su comportamiento es impredecible y difícil de anticipar.

Según él, un estúpido es fácilmente reconocible por ser justo la clase de persona que no solo le arruinará el día a alguien más sin ningún motivo, sino que encima lo hará con una sonrisa de oreja a oreja, sin malicia, completamente inconsciente de su imbecilidad, y a veces incluso creyendo que está haciendo algo correcto.

Como comenté en mi anterior escrito, somos un poco de todo, por lo que también somos estúpidos (segunda ley). Así que sería útil tomar conciencia de este hecho y observarnos mejor, aceptando que seguramente haremos alguna estupidez… y que podemos remediarlo si así lo deseamos.




