De lo simple a lo complejo.

Leyendo una nota sobre este tema, me di cuenta que tiendo a pensar “fractalmente”. Este concepto surgió del matemático Benoit Mandelbrot, derivado de las nociones de caos.

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Él se preguntó si podía existir una unicidad en esa aparente anarquía de la naturaleza. ¿Compartían alguna característica matemática común las superficies de las nubes, las ramas de los árboles y los ríos? Llegó a la conclusión de que así era. Se debía al proceso natural de autosimilitud o “parecido a sí mismo”. Es decir, la naturaleza repetía al infinito formas simples que van ganando complejidad a medida que crecen en escala.

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Por ejemplo, entre las nervaduras de las hojas de los árboles y sus ramas hay una misma estructura, solo que en distinta escala. Lo mismo sucede en nuestro sistema pulmonar o la de los vasos sanguíneos. En los copos de nieve sucede otro tanto: si bien cada copo es único, todos comparten una estructura fractal con patrones hexagonales repetitivos.

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Por eso, los fractales son también conocidos como “la huella digital de Dios”. Se tiende a pensar que lo complejo emerge de estructuras complejas. Mandelbrot logró demostrar que no. Lo complejo es la repetición infinita de estructuras simples.

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Me gusta observar los pequeños actos, las mínimas conductas, los gestos, las palabras que evidencian un patrón, un fractal que, repetido, nos muestran grandes estructuras o manifestaciones. Los fractales que somos todos.

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