
Este es un concepto que resulta difícil de aceptar. Tendemos a considerarlos solamente en su rol de padres. Muchos comienzan a verlos así cuando tienen sus propios hijos y comprenden los inconvenientes y aprendizajes que conlleva serlo.

De cualquier forma, continuamos reclamándoles como si hubieran tenido que ser perfectos. Para comenzar, en este plano, no existe algo como la perfección o la completitud. Esto es una dualidad, así que todos tenemos un poco de cada cosa. Lo que hay es lo que hay.

Por otro lado, nosotros tampoco hemos sido los hijos ideales. ¿Te lo pusiste a pensar? ¡Yo seguramente no! Fui muy problemática y distinta a lo que había a mi alrededor, por lo que no era nada que ellos hubieran esperado.

Los traumas, las victimizaciones y las expectativas infundadas hacen que veamos a nuestros padres como idealizaciones en espera de existir… cosa que no sucederá nunca… Por eso, una manera definitiva de darnos cuenta si hemos logrado comprender, perdonar y aceptarlos es que los consideremos como personas, con sus propios desafíos y cualidades.

Ese desapego hace que nos podamos relacionar desde otro lugar, más maduro y evolutivo, a la vez que somos más auténticos y empáticos.



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