“No soy suficiente. No merezco nada.”

El Síndrome del Impostor.

Charlábamos con un amigo sobre nuestros trabajos y él vuelve a tener una postura crítica sobre lo que fue el suyo (está jubilado).  Le digo que tiene un diseño maravilloso (le hice su Carta) y que lo ha sabido llevar a la práctica muy bien.  Él es evasivo, y se excusa con que podría haberlo hecho mejor.  Yo lo conozco y le insisto en que se valore.  Entonces, me contesta, con resignación: “Síndrome del impostor”. 

Qué es.

Sé sobre eso: la sensación interna de que no merecemos los logros, el temor de ser descubiertos como un fraude, la idea de que no tenemos suficientes habilidades y que todo se debe a suerte o casualidad, no a méritos propios.

Justo esta semana, una consultante me habla del tema cuando analizamos su Carta.  Se ha educado muchísimo, es inteligente y puede ser exitosa en lo suyo, pero siempre “le falta algo”, no cree en sí misma.  Le digo que me pasaba lo mismo: veía personas que habían hecho cursitos de un mes promocionándose como “expertas”, mientras yo, que tenía años de estudios y experiencia, dudaba… ¡y cobraba menos!

Es curioso que los que sentimos el Síndrome del Impostor seamos los que menos tendríamos que tenerlo: nos preocupamos tanto por ser mejores, que nunca alcanzamos esa meta idealizada que nos ponemos. 

Tipologías.

El experto: siente que nunca tiene suficiente conocimiento y busca constantemente certificaciones o aprendizaje adicional.

El perfeccionista: establece estándares inalcanzables para su trabajo y nunca se siente satisfecho con sus logros.

El individualista: evita pedir ayuda porque considera que hacerlo demuestra debilidad.

El genio natural: cree que debe ser competente en todo sin esfuerzo, y si algo le cuesta trabajo, lo percibe como un fracaso.

El superhéroe: se exige constantemente más que los demás para demostrar su valía.

Se puede tener una mezcla de cualquiera, pero la sensación de desvalorización es invariable.

Causas y consecuencias.

Se cree que un exceso de autoexigencia y perfeccionismo dispara estándares demasiados altos, que generan insatisfacción continua.  Esto puede ser causado por entornos familiares y educativos en los que la medida de validación era el éxito y/o por factores personales que ya traemos.

Está de más decir que vivimos en una sociedad exitista en las que estas modalidades son “el” modelo, por lo que es más fácil caer en estas conductas destructivas (y es más fuerte si se es mujer).

Esto desencadena estrés, ansiedad crónica, baja autoestima, entre otros problemas.  A lo largo del tiempo, puede terminar en burnout, una crisis de agotamiento físico y mental extremo, y en parálisis profesional, ya que el miedo al fracaso (o al éxito) se instala como algo establecido.

Qué hacer.

En principio, es importante reconocer estos comportamientos.  Algunos creen que son normales (que “deberíamos” tenerlos para lograr algo) y otros, al contrario, piensan que son los únicos que los sienten.  Aceptar que es algo que perjudica y que muchos sufren es el primer paso para tratarlo.

Como la mayoría no lo cuenta, ello refuerza el preconcepto y hace más difícil la resolución.  Compartir con personas de confianza o con un terapeuta, disminuye el aislamiento y ofrece perspectivas distintas y más sanas.

Los pensamientos negativos, más las emociones dañinas, junto con las actitudes repetitivas hacen un combo que debe ser desmontado.  Es necesario reemplazar los modelos limitantes y las idealizaciones exageradas por conceptos realistas y particulares, que honren lo que verdaderamente somos.

Esto significa aprender a aceptar y celebrar nuestras cualidades, dones, habilidades, estudios, experiencias, logros, resultados, en cada interacción personal o profesional.  Es una preciosa labor que nos debemos, para disfrutar nuestra individuación.  Todos traemos regalos para compartir.

Para conocer tu individuación y contribuciones, haz tu Carta de Diseño Humano.

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