Ayer, fui a almorzar a una cadena de hamburguesas con unas amigas. Jamás comemos allí, pero queríamos hacer algo distinto. Luego, estuvimos en la casa de una de ellas charlando, hasta que fuimos a merendar un café con leche y unos scones exquisitos en un lugar que nos encanta. Finalmente, paseamos por los nuevos locales del Barrio Chino. ¡Fue una tarde maravillosa!

La vida virtual.
¿Por qué te cuento algo común en este Boletín en el que normalmente hablo de otras cosas? Porque nos estamos perdiendo lo “común”.
Un dato importante: no llevé el celular y mis amigas casi ni lo vieron. Podría decir que somos gente “grande” (por no decir vieja, que no me molesta), pero eso ya no es relevante, porque cualquiera vive pendiente de él.
Lo virtual nos ha cambiado a todos. Los logaritmos nos han hecho adictos a lo que sea que le interese a cada uno. Vivir a través del celular es lo normal. El estar con personas se está haciendo casi una novedad, ya que textear es mejor.
Leí por ahí: “La gente prefiere pasar dos horas mandándose mensajitos de Whatsapp a hablar dos minutos cara a cara para resolver algo”. Es cierto. Y aplica para casi cualquier cosa.
Se lo comenté a un paciente joven, por un tema que estábamos tratando; se sorprendió, y después me dio la razón. Él tiende a enfrentar sus asuntos, aunque le atemoriza, pero no tanto como a sus amigos, que directamente lo rehúyen.
Nos estamos encerrando.
Y casi todo está siendo mediatizado por lo virtual. A mí me resulta genial, porque no soy sociable y soy extremadamente cómoda. Adherí a esta modalidad desde el principio, cuando era raro no solo para gente de mi edad sino hasta para los jóvenes.
Comprendí su utilidad, pero, con el tiempo, también su desventaja. ¿Para qué viajar si lo puedo hacer por la computadora en mi casa? ¿Para qué lidiar con personas si una máquina lo realiza expeditivamente? ¿Para qué salir si es peligroso afuera?
Esa falta de contacto humano nos está deshumanizando. No hay nadie detrás. Y, aunque lo hubiera, no lo vemos. No existe. Todavía, no comprendemos las implicancias enormes de esta realidad. Esto debe ser hablado en las familias.
Todos, de una forma u otra, estamos prefiriendo no tratar con personas sino por medio de avatares. Es intenso en los más chicos, a los que les cuesta muchísimo enfrentar gente, trabajos, salidas, emociones, la vida.

Tenemos cuerpos.
Al final, mi reflexión me sacó de lo real a lo virtual. La paradoja de lo que estamos viviendo… Por eso, atesoro los momentos con mis pocos amigos. Amo estar en presencia de ellos y de mis consultantes (aunque sea por una plataforma).
A pesar de mi reticencia a los extraños y las multitudes, preciso ese contacto verdadero. Aunque elegiría quedarme encerrada en mi casa, salgo a “compartir auras” caminando o paseando.
Somos influenciados silenciosamente por los demás, sin tratar con ellos siquiera, solo por formar parte de sus energías al estar, cruzarnos. Lo necesitamos. Y mucho más si nos comunicamos, si continuamos siendo humanos, cuerpos sintientes, no máquinas.





2 respuestas
Qué linda reflexión, me sentí muy identificada con todo!!
Gracias
¡Me alegra, Vivian! Vivimos a través del cuerpo, no de la mente. No perdamos nuestra humanidad.
Te mando un cariñoso abrazo.