
Hace mucho, llegué a esta conclusión. Primero, fue en lo personal y después en lo profesional. Al igual que la mayoría, cuando quería hacer cambios o sucedía algo complicado, me forzaba a grandes actos que terminaran con el tema.

El problema era que me resistía terriblemente a hacerlo. Tenía miedo, culpa, ira; no creía que fuera capaz; era demasiado para mis fuerzas; había que hacerlo perfecto; se me ocurrían escenarios catastróficos, mi mente era un desastre y ni hablar de mis emociones.

Con semejante panorama, era como querer escalar el Everest en un día, sin equipo ni entrenamiento. Entonces, entendí que eso era ridículo, que solo debía ocuparme de un día a la vez, tener metas chicas y hacer lo que podía. Con eso era suficiente.

Al ponerme en acción, paso a paso, todos los días un poco, las cosas se comenzaban a mover, aparecían soluciones y oportunidades, las personas me ayudaban, hasta que finalmente lograba la transformación o se resolvía el asunto.

Como terapeuta, observé el mismo patrón con mis consultantes: casi todos pensaban que tenían que hacer algo heroico y desestimaban las pequeñas acciones. Sin embargo, eso es lo que verdaderamente funciona. Prueba.




