
Acostumbramos ir a la deriva de nuestras emociones, en una montaña rusa de subidas y bajadas que nos llenan de adrenalina… y de cansancio y estrés. No hacemos adictos a determinadas emociones y necesitamos de personas y situaciones que nos la proporcionen.

Lo mismo sucede con nuestros pensamientos: necios discos rayados en los cuales nos enganchamos una y otra vez. Hay tanta poca originalidad en nuestra mente inferior que caemos en la mediocridad.

La clave es centrarnos, es encontrar ese lugar de armonía que está en el interior de cada uno. Como un tornado que es calma en su núcleo, mientras en lo externo ruge la furia. Como surfear una ola, equilibrado y relajado, sin dejarse caer en los vaivenes.

Esto implica también ese costado femenino que es espera y confianza. Mientras el lado masculino tiende a buscar un objetivo y salir a conseguirlo cueste lo que cueste, desde lo femenino podríamos tratar de encontrar lo que genuinamente deseamos ser y hacer, trabajar interiormente para serlo y abrirnos a que eso llegue a nosotros.

Esto conlleva una gran confianza en nosotros mismos, una enorme fortaleza armoniosa para dejar que las circunstancias trabajen para nosotros y lleguen cuando es el momento adecuado.




