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¡¿Es el fin del mundo o el fin del año?!

 

Esta exclamación (exasperada) me la hizo una consultante apenas me vio, harta de los requerimientos y las corridas de estos días.  Aunque  todavía falta para las Fiestas, la realidad es que todo se acelera porque “debemos” terminar el año con un buen balance y con las reuniones apropiadas que lo festejen.  ¡Qué tontería!

 

Los festejos de cualquier índole nunca me parecieron especialmente atractivos (debe ser porque no tengo el Sacral Definido y todo lo grupal no me cautiva tanto como a los Generadores), pero la locura que veo alrededor de ellos se ha tornado francamente estresante y de una exigencia que solo se puede calificar de egoica.  Cumpleaños infantiles, de quince, de década, casamientos, baby showers, cualquiera debe ser espectacular, lleno de novedades, apto para impresionar.  El motivo termina quedando un poco en el olvido, lo importante es hacer algo asombroso.

 

Las Fiestas de fin de año (por lo menos en Argentina) han ido perdiendo el contenido familiar (salvo la Navidad) y muchos prefieren irse para no lidiar con tanto ajetreo y porque ya no sienten estar rodeados de personas con quienes no tienen tanto en común como antes.  Igual, hay un apuro por “cerrar” cosas como si no hubiera un mañana.  Es cierto que vienen las vacaciones pero ellas son cada vez más cortas y se trabaja más.  La verdad es que nada cambia tanto que justifique esas prisas que nos imponemos.

 

Otro asunto son los regalos.  He visto personas endeudarse y padres llenar a sus  hijos de presentes inútiles, que quedarán a un costado, o de cosas caras para las que no están preparados.  El consumismo es el factor común de todo este despliegue que describo.

 

Hablando 2

 

Es difícil sustraerse de los cantos de sirena de la sociedad y de los reclamos de la familia, pero está siendo tiempo de escucharnos y de hacer lo que deseamos.  Podemos explicar esto a los demás o no, pero debemos respetarnos.  ¿Qué justifica tanto esfuerzo y búsqueda de aprobación?

 

Cuanto más bullicio y espectacularidad en el exterior, más vacío adentro.  ¿Qué tratamos de tapar, qué es lo que no queremos ver, qué deseamos demostrar?  Nos dejamos llevar por lo que nos venden que debemos hacer o que tenemos que tener o que hay que ser y nos perdemos a nosotros mismos.  Al final, ¿qué es lo que realmente permanece?  Ciertamente no la envoltura.  ¿Cuál es el presente que no alcanzamos a ver?

 

Conozco tu gran corazón y tu necesidad de compartir con tus seres queridos.  ¿Y si lo haces sencillamente?  ¿Y si te das tiempo durante el año para encontrarse y no tener que correr durante un par de semanas para verlos a todos?  ¿Y si tomas un tiempo para ti mismo, para valorar el hermoso presente que significa tu vida, tus relaciones, tus bienes, tu trabajo, tu salud, cualquier cosa que te rodea?  ¿Y si entiendes que no se trata solo de “hacer”?

 

Simplificar tu vida es decisivo.  Vivimos en la sociedad del cansancio.  Quieres todo, puedes todo, haces todo.  ¿Tu cuerpo ya te pasó factura?  Si todavía no, está cerca.  Corres tras la mente, que no conoce de límites ni de tiempos, buscando concretar cada deseo egoico para luego desfallecer de tanto que has abarcado.  ¿Y para qué?  Escucha al cuerpo, a tus tripas, a tus emociones, a tu intuición: ¿qué es lo realmente importante en tu vida?  Date ese regalo.

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