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Valoración

Iba en el tren y una señora se puso a hablarle sin parar a su acompañante ocasional. Su discurso era que ella hacía toooodo por los otros (“puedo dar la vuelta al mundo”, “morir”, “hacer lo que sea”) pero nada por sí misma. Se autodenominaba “una madraza”, incluso para su marido, a quien decía que lo “consentía demasiado”. Ahora, para ella misma, no levantaba un dedo. Por supuesto, se quejaba, pero en su tono había cierto orgullo y sentido del deber bien hecho.

imagen espejo
Me hizo recordar a una mujer joven que vino hace años y me contó una serie de desgracias, al final de las cuales me dijo que quería cambiar “por el bien de su hijo”. Le comenté que así no iba a servir la terapia, que tenía que hacerlo por ella. Rápida, me contestó: “ah, no, si es por mí, yo me pego un tiro y termino todo”.

He notado que estas actitudes, si bien son bastante femeninas, son comunes a quienes no tienen conciencia de sí mismos más que a través de los demás. En sí mismos no existen. Son en razón del rol que cumplen con los demás. Si algo les saca eso, se derrumban totalmente. En las mujeres, se trata de las relaciones (madre, esposa, acompañante, salvadora). En los hombres, se trata del trabajo o el dinero.

El aprendizaje aquí es encontrar el propio valor, sin importar lo que son para los otros sino para ellos mismos. Generalmente, hay muy poca autoestima y falta de proyectos personales. Es una invitación a apreciar el poder del uno en la diversidad.

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